FÚTBOL BASE EN ARROYO: TEORÍA Y PRÁCTICA.

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jueves, 31 de enero de 2008

El fútbol base y los padres

Después de un partido de alevines, a la salida del campo, vi a un niño llorar. Me preguntaba el motivo: sería la derrota por 6-0, el dolor de algún golpe recibido, la bronca del entrenador o alguna discusión con un rival o compañero... Cuando observé al padre llegar hasta donde estaba él, lo entendí todo. El chaval hubiera deseado en ese momento cubrirle la cara con una bolsa de supermercado.
Nada de eso; ni la goleada, ni golpes, ni discusión. Lloraba de vergüenza. Como si fuera suya. Su padre había tenido, y no por primera vez, un comportamiento indigno.
Insultó al árbitro, al entrenador contrario, a los jugadores, a los delegados, a otros padres... Gritaba más que nadie con un enorme vozarrón. Vio el partido junto a la línea de banda, para él no existía la zona habilitada para espectadores. Con una mano sostenía un botellín de cerveza y con la otra gesticulaba acaloradamente. Hasta llegó a las manos en una ocasión con otro energúmeno del público.
El niño se sentía raro, muy raro. Su padre le compró el primer balón, el primer equipaje, siempre le dijo que era el mejor, le acompañaba a todos los partidos, era su gran admirador...
Pero, ¿cómo iba a ver a su compañero de clase y de equipo al día siguiente en el colegio si su padre dijo públicamente que era un inútil?
Y, sobre todo, cómo iba a decirle: “papá, no quiero que vengas más a verme jugar”.
Esto que aquí cuento es real y es lo que nunca me gustaría llegar a ver ni que vieran mis jugadores por parte de ninguno de sus familiares. Por suerte nunca ha ocurrido, nunca los padres de mis jugadores han tenido esa actitud y espero que así siga siendo. Por y para eso voy a hacer aquí, en voz alta, las siguientes reflexiones:
Los padres, yo también lo soy, no debemos fomentar en nuestros hijos la idea de parecerse a un gran futbolista. Lo que tenemos que hacer es motivarles para que hagan deporte y se diviertan con sus amigos. Lo demás son castillos en el aire.
Ya lo comentaba en el artículo de ayer, tenemos que inculcarles la práctica del fútbol como un deporte que fomenta el espíritu de grupo, la solidaridad, conocer gente y aumentar las amistades.
Cuando yo jugaba al fútbol, ni mis padres ni los padres de mis compañeros de equipo estaban en la grada. Quizás por falta de tiempo, porque se lo impedía su trabajo o por lo que fuera, pero nunca o casi nunca me veían jugar. Ahora hay más madres y padres que niños (a pesar de que en nuestro equipo son poquitos los que nos acompañan cada jornada). Eso antes no existía.
Además los niños cuando juegan cada jornada tienen que sentirse arropados por sus padres. Esto es positivo para ellos si se encauza bien, aunque a veces los padres nos equivocamos. No hay niños “mejores” ni “peores” para su entrenador, en el equipo de categoría infantil del Sanse. Todos, absolutamente todos, tienen que participar y jugar.
He de decir que lo que pretendo con este artículo es que sirva de ejemplo, de referencia de una manera de ser, de hacer y de estar en un campo de fútbol cuando juegue alguno de nuestros hijos. Yo soy el entrenador de los infantiles, pero también padre de uno de los jugadores.
Los padres tenemos y debemos que saber estar. Es nuestra obligación. ¿No os parece?

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